Volver al amor

 En que momento nos alejamos de nosotros mismos!

Cuando nacimos, estábamos perfectamente programados. Teníamos una tendencia natural a concentrarnos
en el amor. Nuestra imaginación era creativa y floreciente, y sabíamos usarla. Estábamos conectados con un
mundo mucho más rico que el mundo con que ahora nos conectamos, un mundo lleno de hechizo y del
sentimiento de lo milagroso.
¿Qué nos pasó, entonces? ¿Por qué, cuando llegamos a cierta edad y miramos a nuestro alrededor, el
hechizo había desaparecido?


Porque nos enseñaron a concentrarnos en otras cosas. Nos enseñaron a pensar de forma antinatural. Nos
enseñaron una pésima filosofía, una manera de mirar el mundo que está en contradicción con lo que somos.
Nos enseñaron a pensar en la competición, la lucha, la enfermedad, los recursos finitos, la limitación, la
maldad, la culpa, la muerte, la escasez y la pérdida. Y como empezamos a pensar en estas cosas, empezamos
a conocerlas. Nos enseñaron que sacar buenas notas, ser buenos, tener dinero y hacerlo todo como es debido
son cosas más importantes que el amor. Nos enseñaron que estamos separados de los demás, que tenemos
que competir para salir adelante, que tal como somos no valemos lo suficiente. Nos enseñaron a ver el mundo
tal como lo veían «ellos». Es como si inmediatamente después de haber llegado aquí nos hubieran dado una
píldora para dormir. El pensamiento del mundo, que no se basa en el amor, empezó a retumbarnos en los
oídos en el mismo momento en que desembarcamos en esta costa.
El amor es aquello con lo que nacimos.

El miedo es lo que hemos aprendido aquí. El viaje espiritual es la
renuncia al miedo y la nueva aceptación del amor en nuestro corazón. El amor es el hecho existencial esencial.
Es nuestra realidad última y nuestro propósito sobre la tierra. Tener plena conciencia de él, tener la vivencia del
amor en nosotros y en los demás, es el sentido de la vida.
El sentido, el significado, no está en las cosas. Está en nosotros. Cuando asignamos valor a cosas que no
son amor -al dinero, al coche, a la casa, al prestigio- damos amor a algo que no nos lo puede devolver,
Cuando nacimos, estábamos perfectamente programados. Teníamos una tendencia natural a concentrarnos
en el amor. Nuestra imaginación era creativa y floreciente, y sabíamos usarla. Estábamos conectados con un
mundo mucho más rico que el mundo con que ahora nos conectamos, un mundo lleno de hechizo y del
sentimiento de lo milagroso.


¿Qué nos pasó, entonces? ¿Por qué, cuando llegamos a cierta edad y miramos a nuestro alrededor, el
hechizo había desaparecido?
Porque nos enseñaron a concentrarnos en otras cosas. Nos enseñaron a pensar de forma antinatural. Nos
enseñaron una pésima filosofía, una manera de mirar el mundo que está en contradicción con lo que somos.
Nos enseñaron a pensar en la competición, la lucha, la enfermedad, los recursos finitos, la limitación, la
maldad, la culpa, la muerte, la escasez y la pérdida. Y como empezamos a pensar en estas cosas, empezamos
a conocerlas. Nos enseñaron que sacar buenas notas, ser buenos, tener dinero y hacerlo todo como es debido
son cosas más importantes que el amor.

Nos enseñaron que estamos separados de los demás, que tenemos
que competir para salir adelante, que tal como somos no valemos lo suficiente. Nos enseñaron a ver el mundo
tal como lo veían «ellos». Es como si inmediatamente después de haber llegado aquí nos hubieran dado una
píldora para dormir. El pensamiento del mundo, que no se basa en el amor, empezó a retumbarnos en los
oídos en el mismo momento en que desembarcamos en esta costa.


El amor es aquello con lo que nacimos. El miedo es lo que hemos aprendido aquí. El viaje espiritual es la
renuncia al miedo y la nueva aceptación del amor en nuestro corazón. El amor es el hecho existencial esencial.
Es nuestra realidad última y nuestro propósito sobre la tierra. Tener plena conciencia de él, tener la vivencia del
amor en nosotros y en los demás, es el sentido de la vida. buscamos significado en lo que no lo tiene. El dinero, en sí mismo, no significa nada. Las cosas materiales, en
sí mismas, no significan nada. No es que sean malas: es que no son nada.


Hemos venido aquí para crear junto con Dios, extendiendo el amor. Una vida que se pasa pendiente de cualquier otro
propósito no tiene sentido, es contraria a nuestra naturaleza, y finalmente nos hace sufrir. Es como si hubiéramos estado
perdidos en un oscuro universo paralelo donde se ama más a las cosas que a las personas. Sobrevaloramos lo que
percibimos con nuestros sentidos físicos, y subvaloramos lo que, en nuestro corazón, sabemos que es verdad.
Al amor no se lo ve con los ojos ni se lo oye con los oídos. Los sentidos físicos no pueden percibirlo; se lo
percibe mediante otra clase de visión.

Los metafísicos la llaman el Tercer Ojo, los cristianos esotéricos dicen
que es la visión del Espíritu Santo, y para otros es el Yo Superior. Independientemente del nombre que se le
dé, el amor exige una «visión» diferente de aquella a la que estamos acostumbrados, una forma diferente de
conocer, de pensar. El amor es el conocimiento intuitivo de nuestro corazón. Es un «mundo trascendente» que
secretamente anhelamos todos. Un antiguo recuerdo de este amor nos persigue continuamente, pidiéndonos
por señas que regresemos.
El amor no es material. Es energía. Es el sentimiento que hay en una habitación, en una situación, en una
persona. El dinero no puede comprarlo. El contacto sexual no lo garantiza. No tiene absolutamente nada que
ver con el mundo físico, pero a pesar de ello, puede expresarse. 

El amor está dentro de nosotros. Es indestructible; sólo se lo puede ocultar. El mundo que conocíamos de
niños sigue aún sepultado en nuestra mente. Una vez leí un libro delicioso, “The Mists of Avalon”. Las nieblas
de Avalon son una alusión mítica a las leyendas del rey Arturo. Avalon es una isla mágica que permanece
oculta tras unas tupidas e impenetrables nieblas.

A menos que se desvanezcan, no hay manera de que un
barco se abra paso hasta la isla, y sólo se desvanecen cuando uno cree que la isla está allí.
Avalon simboliza un mundo que está más allá del mundo que percibimos con los sentidos físicos. Representa
un sentimiento milagroso de las cosas, el ámbito encantado que conocíamos de niños. Nuestro yo infantil es el
nivel más profundo de nuestro ser. Es aquel o aquella que realmente somos, y lo que es real no desaparece.
La verdad no deja de serlo simplemente porque no estemos mirándola. El amor sólo puede quedar oculto tras
las nubes o las nieblas mentales.


Avalon es el mundo que conocíamos cuando todavía estábamos conectados con nuestra ternura, nuestra
inocencia, nuestro espíritu. En realidad es el mismo mundo que vemos ahora, pero configurado por el amor,
interpretado con ternura, fe y esperanza, y con un sentimiento de admiración y de asombro. Es fácil de
recuperar, porque la percepción es una opción. Las nieblas se desvanecen cuando creemos que detrás de
ellas está Avalon.
Y en eso consiste un milagro: en la desaparición de las nieblas, en un cambio de la percepción, en un retorno
al amor.

 Material extraído de libro volver al amor  Marianne Willamson

 Susana Door 

 Coach Life